Sexto Sentido

Premonición

Esta historia empieza por el final. Se trata de la muerte de un niño, mi tío. Dos personas se encargaron de contármela y ahora yo se las cuento.

Una de ellas fue mi abuela, quien  hasta casi los 90 años, recordaba a su querido Pablito, su hijito de 6 años quien murió de manera violenta.


Yo no viví esa experiencia, ni siquiera había nacido, no conocí a Pablito, de él sólo sabía que fue un niño inteligente, de mirada seria, guapo. Algunas fotos en blanco y negro, en sepia para ser exacta, que mi abuela guardaba como su mayor reliquia, fueron lo único que  conocí de él.

Solía visitar a mi abuela a la salida del colegio, pasaba horas escuchándola contar las  historias de su infancia, de su juventud, de sus pretendientes, de su vida en los años 20, de cómo conoció a mi abuelo, de cómo fue su romance a través de cartitas con vestidos largo cubriéndoles  casi todo el cuerpo. Contaba entre risas de cómo se ruborizó la vez que mi abuelo le vio el tobillo al bajar de un carruaje, así pasaba la tarde cuando inevitablemente terminaba contándome con las lágrimas corriendo por sus mejillas la historia de Pablito.

Yo la escuchaba con mucha atención cada día, su relato era conmovedor le prestaba toda la atención del mundo y notaba que con el tiempo sus recuerdos recogían un detalle nuevo que el relato anterior no contó.

La otra persona que me contó esta historia, también incontables veces fue mi madre. 

Reconstruí cuál rompecabezas ese episodio familiar. Lo que acá cuento  es lo que yo entendí, interpreté, imaginé, lo que vi cuál película de carrete antiguo  y lo que mi cerebro almacenó en mi memoria. 

Era una mañana gris,  húmeda, muy gris, clásico de una mañana invernal de Lima, por aquellos años a inicio de los 50s. Mi abuela se levantó muy nerviosa, agitada y con un fuerte dolor en el pecho “una sensación de que algo muy malo estaba por ocurrir”. Tenía una angustia que no sabía explicar, con los años entendí que eso se llama “sexto sentido”.


Mi mamá era una mujer joven que no llegaba aún a los 20 años,  tenía poco tiempo de haber llegado a Lima, nació y creció en Pimentel una ciudad costera del norte del país, allí conoció a mi padre, el hijo mayor de mi abuela, quién le llevaba a su hermanito menor Pablito, 18 años.

Vivían con mis abuelos en una casa antigua de La Victoria, en esa época a mediados de los años 50  ya era antigua,  tenía el  olor característico de esas casas de Lima colonial. Yo la conocí muchos años después y guardé sus aromas en mi memoria, aún hoy cuando visito una casa de épocas remotas  me transporta a los olores de mi infancia cuando visitaba la casa de los abuelos.

Aquel día en que mi abuela, tenía la angustia que le invadía el alma, recibió la visita de su sobrina Lucila, una mujer a quien recuerdo siempre con una sonrisa en los labios, alegre, graciosa, ocurrente. Morena y pecosa a la vez ¿o lunajera? No lo sé.

Lucila tenía dos o tres hijos en ese momento, que eran tan inquietos como traviesa debió haber sido Lucila de niña.

La sobrina alegre y perspicaz decidió que para acabar con la angustia infundada de su tía, lo mejor era salir a la calle, pasear y dejar de lado los presentimientos que no eran más que un reflejo de la soledad que sentía mi abuela porque mi abuelo estaba fuera de Lima viajando por trabajo.

Siempre se arrepintió mi abuela el haberse dejado convencer por los ruegos de Lucila para ir al cine. Nunca se perdonó, no estar con Pablito en el momento de su vida que más la necesitó.

Dejaron a los niños con mi madre,  quien estaba embarazada con tres meses de gestación de su tercer hijo, uno de mis hermanos mayores, ya tenía dos, los dos primeros de 10. 

Se quedó con ellos, además de los dos hijos de Lucila y con los tres hijos menores de mi abuela de 9, 8 y 6 años, este último Pablito. Los hijos de Lucila llegaron a la casa a romper la tranquilidad con que acostumbraban a jugar los cuñaditos de mi mamá con los hijitos de ella. Pablito conociendo la personalidad revoltosa y traviesa de sus primos corrió a guardar sus juguetes. 

La tarde transcurría normal, con el bullicio infantil inevitable que puede generarse cuando se juntan en una misma casa 7 niños entre 2 y 9 años.

La casa de La Victoria tenia una arquitectura clásica de la época, con la sala junto a la puerta de entrada y el comedor al otro extremo, unidos por un largo pasadizo, angosto y largo, las habitaciones estaban dispuestas a los lados y casi al final estaba el baño, allí la sorprendió a mi madre el ruido característico que la pesada y antigua puerta de madera maciza hacía al abrirse. 

Mezclada con la voz llorosa de Pablito pidiéndole a su primo un año mayor, que le devuelva los patines casi nuevos que cogió sin permiso.“Quítamelos si puedes”, respondió el pequeño y corrió sin mirar cruzando la pista.

Lo que ocurrió a partir de ese momento mi madre lo recuerda y lo cuenta aún hoy que ya pasa los 80 años con la misma emoción que me lo contaba cuando yo era niña, su voz se entrecorte, los nervios la invaden y me transmite el mismo miedo, el mismo dolor, la misma angustia que vivió. Nunca lo olvidó igual que mi abuela, la historia que aunque ellas no lo supieron marcaron sus vidas y las cambiaron sin saber cómo, para siempre.

La puerta de la casa se abrió, mi mamá corrió por el largo pasadizo para alcanzar a los niños, cuando escuchó el grito prolongado y cargado de espanto, de Pablito invocando a su madre - Mamaaaaá - que se mezclaba con el ruido de un auto que corría a velocidad, que frenaba sin conseguirlo, llegó a la puerta de la calle y logró ver a uno de los niños al otro lado de la acera con los patines en la mano, pálido, petrificado y a Pablito literalmente volando por los aires, caer de rodillas sobre el pavimento, llamar nuevamente a su madre y al auto, un camión negro para ser exacta, atropellándolo por segunda vez, Pablito había caído unos metros adelante con la primera embestida, estaba vivo, pero la segunda lo dejó herido de muerte...

En el cine mi abuela tuvo un sobresalto, la angustia aumentó y la tía Lucila una vez más la calmó convenciéndola que los nervios eran infundados.

Mi madre corrió cogió a Pablito en sus brazos, un ruido que ella describe como un caño abierto, así sonaba el cuerpecito de Pablito, era la sangre que discurría violentamente a toda fuerza. La miró, dijo nuevamente “mamá” y cerró los ojos.

Los niños paralizados miraban la escena, mi madre con Pablito en brazos, arrodillada junto a él, en la ancha acera del Jr. Cangallo, ni un alma pasaba, ni un vecino asomó. Ella tratando de organizar sus ideas, debía auxiliar a Pablito y dejar a todos los niños en casa. La cuñada mayor, de 9 años reaccionó, rápidamente, se hizo cargo de los menores.

Mi madre de figura delgada y frágil, logró cargar a Pablito bañado en sangre, inerte, pesado muy pesado. Paró un taxi subió y dijo estremecida “al hospital del niño”.

La ciudad fue enterándose de la tragedia. El niño de 7 años que cogió jugando los patines, corrió sin parar por calles y avenidas que nadie, ni siquiera él, sabía que conocía, desde el Jr. Cangallo hasta Matute para dar la noticia. 

Llegó sin aliento, su padre y unos familiares que estaban en su casa no lograban entender lo que el niño trataba de decir, la voz no le salía, gesticulaba, el recuerdo del atroz atropello de su primo se le venía a la memoria y las palabras querían salir a galope, todas las imágenes juntas para contarlo a la vez, sin saber por dónde empezar. Los adultos que lo rodeaban no llegaban a comprender qué pasaba.

Lo calmaron, le dieron agua y el niño por fin lo dijo: - Pablito ha muerto - su padre un hombre tranquilo bonachón, reaccionó de manera impredecible, con violencia, tal vez por los nervios, tal vez por el temor de pensar que su hijo era capaz de jugar con tremenda barbaridad lo zarandeó - no digas tonterías -  le dijo. - Lo ha atropellado el carro -logró decir  el pequeño entre sollozos.

Las niñas de la casa corrieron donde la comadre de la abuela que vivía volteando la esquina de la calle, le contaron lo ocurrido.

De allí se rompe el hilo de la secuencia, nadie sabe cómo ni por quién, pero la noticia ya corría por la Lima de entonces, que no era lo bullera ni grande como lo es hoy en día. Una tía, esposa de un primo de mi papá, fue una de las primeras en enterarse y  por esas extrañas casualidades del destino, abordó el mismo autobús en el que mi papá retornaba a casa tras  sus clases de medicina. - Pablito ha muerto - le dijo en tono de  pregunta, así a boca de jarro. Mi padre pensó que era una de sus acostumbradas bromas pesadas e inoportunas. Molesto le dijo - no juegues así -.  La tía insistió - ¿qué no sabes? lo atropelló un carro - le dijo.

Desesperado bajó a mitad de la calle, tomó un taxi y corrió al hospital del niño.

A través del altavoz en el cine, llamaban a mi abuela. Al escuchar su nombre las piernas le temblaron no podía ponerse de pie, el corazón se desbordaba del pecho - algo terrible ha pasado, lo sabía, por qué si no me están llamando en el cine - repetía.

Salieron presurosas mi tía y mi abuela, un familiar las esperaba, sólo le dijeron 
- Pablito ha sufrido un accidente, está en el hospital del niño -.

Llegó con un llanto desgarrador, el que sólo pueden dar las madres despojadas de lo que más quieren, se prendió del médico que salió a preguntar por los familiares del niño.

Minutos antes mi madre que ya estaba acompañada de algunos familiares que por esas cosas que nadie entiende ya se habían enterado y estaban en el hall del hospital, la alertaron que estaba bañada en sangre. Se lavó la cara y los brazos para que mi abuela "no viera en ella la gravedad del accidente".. mi abuela se le prendió con la misma angustia - tú sabes, dime como está mi hijo -

Mi madre no articuló palabra, en verdad no articuló ninguna desde el momento del accidente, salvo para indicar su destino al tomar el taxi, estaba en shock no pudo decirle a mi abuela que cuando llegó al hospital, los médicos sólo confirmaron que Pablito ya había dejado de existir, no resistió la embestida de esa tremenda mole de fierros y acero.

El médico trataba de calmarla, le dieron agua de azahar, nadie se atrevía a informar a aquella mujer desesperada por temor de que le pase algo peor, que su pequeño de 6 años había muerto.

Mi abuela se negaba a aceptarlo, ella era la única que ya lo sabía,  que lo supo desde que amaneció, no se atrevía a ponerle nombre ni rostro a la tragedia que su sexto sentido le advirtió que ocurriría. Se negaba a reconocerlo, se negaba a darle forma al presentimiento, a la angustia que la agobió desde las primeras horas del día. 

Mi padre llegó al hospital en ese momento, se identificó como el estudiante de medicina que era, le permitieron ingresar a la sala de emergencias.

Sobre la camilla halló a su hermanito, tendido, lleno de sangre, una sábana blanca trataba de aminorar la impresión que daba verlo, estaba destrozado, con el cráneo fracturado, los ojitos cerrados, con raspones y moretones y un tremendo agujero al lado derecho del rostro. Aún así tenía la carita limpia… en realidad fue lo único que pudieron hacer las enfermeras por él… lavarle la cara.

Mi madre se vio en un espejo que había en la emergencia del hospital y vio sus piernas llenas de sangre. Salió casi deambulando, paró un taxi y sólo logró decir - a Jr. Cangallo -.

El taxista estaba impresionado, tenía sangre hasta en los cabellos, mi madre se equivocó si pensó que mi abuela no imaginó la magnitud del accidente con solo verla.

Mi madre asegura que el trayecto del hospital a la casa de la abuela fue interminable, que el taxista le dio varias vueltas antes de llegar, ella no conocía Lima y no puso objeción. Sólo habló y habló, le contó con lujos de detalles la tragedia.

Mi padre sacó fuerzas de flaqueza, respiró hondo y trató de ser sereno. 
- Cálmate mamá, te voy a decir la verdad, pero cálmate - Y se lo dijo. Mi padre nunca habló de ese momento, ni recuerdo que él nos contara detalles de ese día tan triste, solo supe que abrazó a mi abuela y en un solo llanto lloró con su madre al hermanito muerto.

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