Epifanía
Los sueños de Joaquín
Todas las noches el tío Joaquín caminaba
descalzo, sonámbulo por la antigua casona familiar, cuentan que infundía miedo
verlo andar con los ojos abiertos y pasar sin notar la presencia de
quien se cruzara en el camino, llegaba hasta el portón de ingreso y
sin cruzarlo daba media vuelta y se dirigía nuevamente al interior de la
vivienda, deteniéndose de improviso en el mismo lugar: junto a la
viga que dividía en dos el gran comedor.
Joaquín era el tío de mi madre, de mirada
profunda y penetrante, tan profunda y penetrante que la leyenda familiar le
atribuyó poderes sobrenaturales. Joaquín solía bromear con
ello y hasta le sacaba provecho. Aseguran que de joven cuando se le antojaba un
caldo de gallina iba al corral, se concentraba en una de ellas, la
miraba fijamente y el ave caía muerta en el acto lista para la olla.
Mi abuela nunca supo de qué color fueron
los ojos de su hermano mayor, pues este evitaba a los niños de la
casa por temor a fulminarlos como a las gallinas del corral.
Durante sus caminatas nocturnas Joaquín
soñaba frecuentemente con un mismo sujeto, lo veía vestido de blanco total,
parado junto a la viga del gran comedor. Llegó a asegurar que el
misterioso personaje cuidaba una gran fortuna enterrada durante la invasión
chilena tras la guerra del Pacífico.
Vivía con esa obsesión, más nadie le
prestaba importancia, - es solo un sueño - le aseguraban, - no le hagas caso - .
Mi tío Joaquín continuó por años con el mismo sueño, con sus caminatas nocturnas y su misterioso amigo guardián de un tesoro imaginario.
En su ancianidad disfrutaba contar esos relatos a los chiquillos de la familia. Ponía de testigo a su padre, aseguraba que él presenció una animadamente conversación con aquel personaje y hasta fue testigo de que el hombre le prendió un cigarrillo y su padre le vio echando una bocanada de humo al aire.
Aseguran que mi bisabuelo nunca mencionó el hecho, pero que tampoco desmintió la historia de Joaquín. Para los adultos, eran cuentos de un anciano chocho queriendo impresionar a los pequeños insaciables, que lo animaban cada vez a añadir un elemento nuevo a la historia.
En su ancianidad disfrutaba contar esos relatos a los chiquillos de la familia. Ponía de testigo a su padre, aseguraba que él presenció una animadamente conversación con aquel personaje y hasta fue testigo de que el hombre le prendió un cigarrillo y su padre le vio echando una bocanada de humo al aire.
Aseguran que mi bisabuelo nunca mencionó el hecho, pero que tampoco desmintió la historia de Joaquín. Para los adultos, eran cuentos de un anciano chocho queriendo impresionar a los pequeños insaciables, que lo animaban cada vez a añadir un elemento nuevo a la historia.
Pasado los años, la antigua casona
se vendió y en el terreno los nuevos propietarios levantaron un moderno hotel, que tenía como mayor atractivo, la leyenda del hallazgo de un cofre con monedas de oro, en lo que algún día fue el comedor de una antigua casona colonial.
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