FANTASÍA INFANTIL


FANTASÍA INFANTIL
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Érase una vez una preciosa niña que tenía prohibido alejarse de su casa sin compañía,  le estaba vetado acercarse al cerro que  los vigilaba cuál gigante imponente, se tejía un sinnúmero de relatos alrededor suyo. Sus padres no habían entrado en detalle del por qué debía mantenerse alejada, aguardaron a que creciera, para que debido a la madurez propia de su edad entendiera de qué se trataba. Pero no cayeron en cuenta que su niña, ya no lo era tanto y que ellos demoraron más de lo debido para decirle por qué el cerro era tan peligroso y amenazante.

Así fue que la niña, a la primera que tuvo oportunidad no solo se acercó al cerro, lo subió,  escaló, trepó,  por momentos de pie y en otros de rodillas y logró llegar a la cima. Una vez en ella y embriagada de emoción, segura de que nadie  podía oírla  lo gritó: ¡LO HICE, NADIE  ME DETUVO¡ Con la misma fuerza que levantó la voz, agitó los brazos  y antes  de que  se diera cuenta cayó, rodó y rodó desde lo alto del cerro hasta el final, terminó desarrapada, sucia, raspada, llena de moretones, pero completa…pensó. No se rompió ningún hueso tenia sí raspaduras y golpes por doquier, pero completa, adolorida se incorporó y regresó lentamente a su casa, disimuló, se quitó el polvo, se alisó los cabellos y entró.

De pronto cuando ya se sentía segura, escuchó la voz trémula, entrecortada y nerviosa  de su padre  -¡¿qué te pasó en la cara?¡ -  ella corrió se miró al espejo y  recién lo notó : - ¡oh no¡ El cerro se quedó con mi lunar¡” Sí, ese lunar que adornaba su rostro y le daba esa apariencia de belleza exótica que todos admiraban, la niña disfrutaba ser motivo de los halagos y el orgullo del pueblo. Ser  la  inspiración de poetas y artistas, en  ella soñaban  al componer  sonetos y canciones, una de ellas en particular que se hizo mundialmente conocida y que su padre interpretaba con orgullo “ese lunar que tienes cielito lindo junto a la boca”.

Ahora, la niña, la niña del pueblo tenía un hoyo forzado en la mejilla derecha.
Su mayor atractivo, su lunar, estaba ahora perdido entre las grietas del cerro.

La noticia corrió de pronto de voz en voz por todo el pueblo, la tragedia se difundió de inmediato, bien dicen que las malas noticias corren como reguero de pólvora.

A nadie extrañaba que esta tragedia hubiera ocurrido, era conocido que  el cerro se tomaba siempre algo de quien se atrevía a escalarlo, se cobraba una vida, un  objeto, un animal, una prenda o algo que representara valor al intrépido e impertinente osado que se atrevía a surcarlo.

Y es que el cerro, solo tomaba lo que por derecho le correspondía. Los ancestros lo habían acostumbrado a las ofrendas y sacrificios, si no se los daban por las buenas, por las malas los tomaba..

Esta vez se llevó el lunar de la niña, aquel que le deba con seguridad el rostro más bello y perfecto del pueblo.

Se armaron cuadrillas de búsqueda, se distribuyeron las áreas y organizaron horarios, equipados con  cuerdas, bastones, linternas  y hasta perros de rescate, pero sobre todo lupas, todos llevaban lupas para hallar aquel minúsculo que por su perfección le daban un aire de caprichoso desperfecto a ese rostro perfecto.

Durante varios días las cuadrillas de hombre indignados por la mutilación  a la belleza del pueblo,  buscaron sin cesar, cubrieron las 24 horas del día y así pasaron algunas semanas, pero poco a poco se fueron desanimando y desertando los grandes buscadores.

El padre de la niña sin lunar, tuvo una idea que jamás se le había ocurrido a nadie: decretar a través de un edicto “que aquel que encuentre el lunar desposaría  a su hija” publicó el ofrecimiento por todo el pueblo.

Oportunistas y aventureros treparon el cerro en busca del lunar, algunos hasta perdieron la vida en el intento, ninguno halló al preciado pedacito de carne.

Hasta que un día llegó un caballero montado en un bello corcel decidido a encontrar el lunar. No pidió ayuda, ni buscó apoyo,  estaba seguro de que él encontraría ese pedacito de perfección. Su motivación: casarse con la hija del padre de la niña sin lunar.  Pensó “si yo fuera un bello lunar, ¿dónde me escondería?  Si  tan solo pudiera conversar con el cerro para que me confíe donde tiene al lunar, pensaba mientras trepaba  el cerro con cuidado, con delicadeza, con cariño, ni insultos, ni amenazas, habló suavemente, soltó las palabras al viento y se sometió al poder del cerro, al cabo de unos minutos como un susurro oyó la respuesta…fue directamente al lugar … y lo encontró.

El padre de la niña cumplió su palabra y el hidalgo caballero le devolvió el lunar y en una ceremonia al pie del cerro  se casaron. Comieron perdices y vivieron felices por siempre.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.…

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