El Gran Secreto





Aparición




Jugaban como solían hacerlo, distraídas, abstraidas del mundo. Esta vez el escenario era un valle de mucha vegetación, árboles, flores, frutas, una colina y por el otro lado una gran ondulante mancha azúl, una playa de agua helada.

Las niñas estaban extasiadas no pudieron caer en un lugar mejor para jugar, sin reglas, sin control con el sol quemando sus mejillas, el viento despeinando sus cabellos.


Sus padres ataviados de gorras, gafas oscuras, pantalones cortos, entusiasmados preparaban una pachamanca junto a los amigos y familiares. 

Cada uno concentrado en su tarea: las mujeres trozaban las carnes de res, retiraban el pellejo del chancho, cortaban el cordero, pollo, limpiaban las yucas, camotes, choclos, papas, habas, separaban las hojas de plátano que luego servirían para cubrir todos los alimentos que se asarían en el gran pozo bajo tierra. Pozo que los hombres con lampa en mano se encargaban de cavar para el milenario almuerzo -¡Niñas no se vayan muy lejos, es peligroso, jueguen por acá!- Les decía su madre mientras retomaba sus labores para el gran banquete. - ¿podemos ir al río? – No – contestaba su madre -solas no –


Las niñas mientras jugaban buscando mariposas, tréboles, flores y manzanas se fueron alejando poco a poco del grupo,  hasta que llegaron al río, las aguas cristalinas y poco profundas a esa hora de la mañana llamaron su atención. Se olvidaron del ternerito, de las recomendaciones de su madre y felices se entregaron al disfrute del baño al aire libre.


Era divertido, notaban una gran diferencia con el agua del mar, no era salada, no había olas ni arena que se esconda incómoda entre los pliegues de la ropa de baño y aunque avanzaran el agua les seguía llegando a la cintura por más adentro que estuvieran, a lo lejos vieron algo que sus ojos nunca habían visto ni ellas imaginado jamás: el río desembocando en el mar. 

Al final el estrecho río se convertía en una playa inmensa donde veían, aunque muy pequeños por lo lejos que estaban, a sus hermanos y primos mayores jugando y zambulléndose, los llamaban a gritos, pero el río hacía más ruido que sus  voces infantiles, entonces decidieron darles la sorpresa y unirse al grupo. 

Tomadas las cuatro de las manos jugando y riendo se fueron acercando, caminaron por un buen rato sobre piedras y lodo resbaladizo pero no tenían cuando llegar, el camino era cada vez más y más largo, estaban cansadas, el río empezó a enfurecerse el nivel del agua fue creciendo, ya les llegaba al pecho y a la menor de las niñas casi al mentón, aún faltaba mucho para llegar al mar. 

Decidieron volver, dieron media vuelta resignadas en que no podrían terminar su travesía, fue entonces que el terror se apoderó de las pequeñas, era imposible volver, habían avanzado con la corriente, regresar significaba luchar contra ella, aunque no lo sabían lo cierto era que todo lo avanzado no había sido por su propia voluntad había sido voluntad del Río Mala que haciendo honor a su nombre, había decidido no dejarlas retornar.


Gritaron desesperadas, lucharon contra la fuerza de las aguas, llamaron insistentemente a sus hermanos a quienes veían divertidísimos al final del cauce, ellos no las veían, por la crecida del río las confundían tal vez con las rocas y arbustos que había por doquier.



El río siguió aumentando su caudal y embraveciéndose, las niñas cayeron, fueron arrastradas por el torrente, se golpearon las rodillas, los codos, los brazos, las cabezas, pero no se soltaron, una de las mayores logró asirse a una gran roca con una mano y con la otra cogía a la más pequeña, era una débil cadena de cuatro cuerpecitos golpeados contra las piedras, en uno de esos bamboleos otra de las hermanas alcanzó abrazarse al sobresaliente de una peña. La cadena humana quedó dividida en dos con dos eslabones cada uno. 

Las mayores cogían a las menores, la más pequeña no ofrecía ningún tipo de resistencia, no podía, sus pies ya no tocaban el fondo y su cuerpo flotaba sacudido por la fuerte corriente que la quería arrancar de la mano que aún le daba una esperanza de vida, con las justas mantenía su cabeza a flote. 

Era una lucha titánica, el caudal cada vez mayor hacía que el agua ya casi les llegara al cuello a las que aún se mantenían en pie. 

Pasaba el tiempo, los minutos eran interminables, no había nada que las cuatro niñas pudieran hacer, el torrente del río las golpeaba inmisericordemente, intentando separarlas de las pocas rocas que tenían para guarecerse, sus bracitos ya no tenían fuerzas, el llanto, el miedo, el dolor, el agua que tragaban y escupían, las iban venciendo, a lo lejos sus hermanos seguían en un jolgorio sin fin. 

El Río Mala estaba ganando la partida, de pronto una presencia inesperada pero oportuna, un joven en lo alto de un peñasco rocoso dijo con voz enérgica y firme ¡dame la mano! – A una de las niñas cogida de la gran roca -¡no, primero a mi hermanita! – contestó la pequeña, intentando jalarla para entregarla a su protector, pero la fuerza del río era mucho mayor. 

Hizo grandes esfuerzos sentía su brazo desgarrarse y de pronto pese a sus 7 años tuvo una fortaleza inexplicable que salió de algún lugar del fondo de su ser, venció la furia del río y acercó a la pequeña hacia su salvador. 

El joven al borde luchaba contra la arenilla haciendo equilibrio para no resbalar y no soltar a las pequeñas a quienes subía una a una de un tirón, el peñasco no era muy alto pero desde la  perspectiva de ellas todo tomaba grandes dimensiones. 

Cuando estuvieron las cuatro a salvo, se abrazaron y lloraron -¿están bien? – preguntó el joven, las niñas asintieron con la cabeza, estaban muy agotadas para hablar, él les indicó el camino de regreso.

Cuando se reincorporaron voltearon para agradecer, pero no había a quien dar las gracias, el joven no estaba, lo buscaron por todos lados pero no lo volvieron a ver.


Las niñas nunca contaron su experiencia a nadie, fue el gran secreto que las acompañó de por vida, pero no se equivoque estimado lector, no fue el secreto de que casi se las lleva el Río Mala haciendo alusión a su nombre, ni que se arrepintieron profundamente por desobedecer a su mamá, no, su Gran Secreto fue descubrir que los ángeles existen y… que no necesitan alas para subir y bajar del cielo.

















[i] Comida tradicional de la sierra de Perú, que se prepara debajo de la tierra







Comentarios

  1. EXCELENTE POST...
    Efectivamente, de vez en cuando bajan angeles que te salvan la vida, y es mejor guardarlos en secreto

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  2. Bonito cuento Doña... que es de tu vida..cuidate. Carol Ruiz

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  3. gracias por los comentarios, sí es de mi vida Carol, con algo de sabor jeje.
    Cuídate también.

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