El último recreo espectacular


Tardes de café

Cuando pienso en mi niñez tengo recuerdos lejanos, aislados, vagos,  como fogonazos, como destellos activados con una chispa en la memoria por algún acontecimiento similar, con frecuencia se me dificulta recordar fechas, lugares, personas con exactitud. Sin embargo 1966 fue un año cuyos  acontecimientos por ser especiales se alojaron preferentemente en mi memoria para siempre,  fue un año mágico, salido de un cuento.
A diferencia de mis siete hermanos mayores, nosotros no iríamos al colegio ese año.  No fuimos matriculados en ninguno, no se nos entregó una lista de útiles, no nos compraron uniforme, no tendríamos movilidad escolar, no llevaríamos lonchera, ni tareas para la casa, pero contrariamente a lo que pueda uno imaginar eso no significó de ninguna manera  que no iríamos a clases.
Vivíamos en una casa grande de quincha y adobe, con un fino acabado arquitectónico, nada que envidiar a las de material noble de la época, en un segundo piso,  para acceder a ella había que subir una escalera de 21 gradas de mármol (las contábamos cada vez que hacíamos carreras de quien llegaba primero abajo, sentadas rebotando de peldaño en peldaño),  tenía un amplio y largo corredor al que llamábamos patio muy iluminado por el  tragaluz  que daba a la azotea, el piso era de loseta italiana,  terminando la escalera había un gran vitral y al lado estaba la sala, al lado opuesto al final del patio el comedor, a ambos lados  del patio las habitaciones.  Cinco dormitorios y un ambiente, que algún  día debía ser  el consultorio de papá (nos mudamos antes que eso ocurra)
pero que papá usaba como una oficina, tenía un  escritorio de madera, un tele´fono, cuadros y documentos.
Ese año aquel ambiente cerca de la sala, que tenía tres puertas de acceso, la principal que daba al patio, una pequeña  lateral que se comunicaba con la habitación de mis hermanas  mayores y otra gran puerta compuesta por dos hojas que daban al gran balcón, que se convirtió en la escuelita de 3 niños. De mis hermanos Patricio, Gabriel y yo.
Por alguna razón que nunca nos quedó clara, ese verano la familia en pleno se fue de vacaciones a las paradisíacas playas de Pimentel y nosotros tres no fuimos invitados. A  cambio terminamos en casa de la abuelita  que lo primero que hizo fue matricularnos en clases particulares para aprender a leer y escribir. A pocos días del inicio del año escolar, nuestros padres volvieron y se dieron con la sorpresa de que ya había pasado la fecha de matrícula y habían perdido nuestras vacantes. La solución a tamaño problema fue contratar a una maestra con credenciales del Ministerio de Educación: Miss Alejandrina, una mujer  joven, de unos treinta y dos años, alta, delgada, acostumbraba llevar el cabello recogido atado a un moño, gustaba de vestir con el atuendo con que habitualmente se caracteriza a las maestras: blusa de botones cerrada casi hasta el cuello y falda entubada bajo las rodillas, zapatos de taco, medias de nylon, anteojos, en una mano la regla y en otra la  tiza. Era muy pegada al cumplimiento de las normas, llevaba un registro con sello oficial, se había provisto de una campanita que hacía las veces del timbre tradicional que se utilizan en los colegios desde épocas inmemoriales para marcar las horas a los alumnos: ingreso, recreos, salidas, cambios de curso y cualquier otro acontecimiento que se deba anunciar. Los lunes iniciaba con una formación escolar, nos ubicaba una delante de la otra, teniendo en cuenta las tallas de la más baja a la más alta, tomábamos distancia prudente calculada con la extensión del brazo izquierdo,  presentábamos nuestro respeto a la Patria entonando  en voz alta el Himno Nacional de pie,  derechas, en posición de firmes frente a la banderita que sobre el escritorio tenía mi papá, al finalizar la última nota se escuchaba una voz de orgullo nacional - ¡Viva el Perú¡ -  a lo que nosotras respondíamos al unísono - ¡que viva¡-  Acto seguido nos encomendábamos al Padre Celestial para que nos ilumine y proteja en la semana: un Padre Nuestro y un Ave María, tomaba lista y empezaba su clase; salvo por una semana atípica, ese año la rutina no varió ni por un milímetro.
A  las 8 en punto de la mañana Miss Alejandrina que nunca llegó tarde, hacía sonar la campanita por 30 segundos y nosotros salíamos corriendo desde cualquier punto de la enorme casa haciendo competencias a ver quien llegaba primero,  jugábamos, nos empujábamos en la fila, nos jalábamos el cabello, nos poníamos sobrenombres,  todas las chiquilladas propias de la edad,  típicas del momento de formación en cualquier patio escolar, solo que para nosotros fue en la casa y el alumnado no pasó de tres ese año.  Miss Alejandrina era muy estricta, nos toleraba los juegos solo hasta que nos ordenara tomar distancia, acostumbraba a resolver las indisciplinas a la antigua , era una convencida de que  “la letra con sangre entra”,  no tenía miramientos en castigarnos con un reglazo en la mano si llegábamos tarde, conversábamos en clase distrayendo a la “compañera” o no cumplíamos la tarea. Pero su castigo favorito era jalarnos fuertemente las  patillas.
Gabriel de 5 años y yo de 6, recibiríamos las lecciones que nos permitirían competir en un examen de ingreso con otras niños provenientes de distintas escuelas regulares para entrar el siguiente año a primero de primaria, mientras que Patricio de 7 postularía a segundo. Gabriel que nunca había asistido a colegio alguno no se adaptaba al régimen impuesto por la profesora, al menos Patricio y yo habíamos hecho Kindergarteen y transición, lo cual nos hacía comprender que en el colegio la máxima autoridad, era la maestra. Para el pequeño Gabriel, había una confusión, siendo su casa el colegio, para él la autoridad la seguía ejerciendo papá y no la profesora, a quien seguro veía como a una de las tantas visitas que recibían mis padres en casa. Y así se lo hizo saber una mañana a Miss Alejandrina, quien cansada de llamarle la atención por sus continuas inclinaciones al juego le jaló las patillas y le dio con la regla en la mano, el pequeño Gabriel reaccionó con una fuerte patada en las canillas que dobló en dos  a la profesora, a la vez que le gritó un sonoro y prolongado - ¡imbáaaaciiiil, vas a ver con mi papá!- y salió corriendo del "salón" zafándose de las manos de Miss Alejandrina que intentaba detenerlo.
Nunca más Miss Alejandrina tomó el castigo físico como parte de sus recursos disuasivos para su reducido alumnado, de alguna manera el más pequeño de la clase  cobró justicia.
En aquellos tiempos las clases escolares se dictaban en horario partido de 8 a 12 y de 2 a 5 de la tarde, en esos intermedios se aprovechaba para que tanto maestra como alumnas almorzaran. Miss Alejandrina lo hacía en su casa a pocas cuadras  y nosotros en la nuestra. En cada turno gozábamos de un recreo de 15 minutos.
Los días más felices  eran cuando mamá salía a visitar a la tía Gladys  internada en un hospital y encargaba a mis hermanitos menores a Miss Alejandrina. La profesora respondía siempre con una sonrisa de amabilidad el encargo, abría la puerta  que daba al patio y dejaba ingresar a los pequeños de 4 y 3 años al salón de clase. Mi mamá no había terminado de bajar las 21 gradas de mármol, cuando Miss Alejandrina  abría la otra  puerta del salón, la que daba al balcón, allí depositaba a mis hermanitos y la volvía a cerrar. Los vigilaba con el rabito del ojo, no tenía que hacer mucho esfuerzo porque los pequeños se quedaban junto a la puerta. Para ellos era todo un espectáculo ver a sus hermanos en un salón de clases, escribiendo no se qué en la pizarra y en unas sillas extrañas, que nunca antes habían visto: las carpetas bipersonales. Pegaban la cara al vidrio de la puerta y al otro lado Gabriel, quien no desperdiciaba ocasión para el juego, hacía lo propio en la parte opuesta del vidrio. Miss Alejandrina había sucumbido  a las amenazas de Gabriel de acusarla con papá y no protestaba ante el juego de los niños. La única regla que les dio fue no  hacer bulla, ni hablar. Eso no fue problema, como niños encontraron muy entretenido aplastar la nariz, los cachetes, sacar la lengua y retorcer la frente, en medio de abundante saliva compitiendo en lograr quien deformaba más el rostro sobre  el  vidrio.
Pero lo más divertido venía después, cuando mamá volvía de sus visitas a la tía Gladys e invitaba a Miss Alejandrina a tomar un cafecito a la hora del recreo, Al inicio del año escolar ambas respetaron los 15 minutos establecidos. Conforme pasaron los meses se hicieron amigas y los recreos se prolongaron, primero a 20 minutos, cuando Miss Alejandrina saltaba sobre su asiento al notar que se pasaba la hora. Luego poco a poco, 25, 30, 35 minutos, gozábamos de los recreos más largos de los que tuviera  cualquier niño o niña de nuestra generación. Integrábamos a nuestros juegos a nuestros hermanos pequeños y corríamos por toda la casa, desde la sala a la cocina,  las habitaciones con sus puertas secretas que comunicaban unas con otras, hasta la zona del servicio doméstico, era ideal para jugar a la pega (conocida hoy como las chapadas) y a las escondidas. Establecimos una norma: nada de ir por el comedor ni la azotea. Y es que el comedor era  el lugar de los prolongados cafecitos. Y la azotea no era recomendable, porque era el lugar preferido de nuestro querido Bronco, un perro Pastor Alemán cruzado con Gran Danés,  que al correr hacía temblar toda la casa y de seguro nos delataría.

El juego que más disfrutábamos era el de las escondidas. Nos ocultábamos debajo de cualquiera de las 12 camas que había en la casa de los 11 hermanos y de nuestros papás. En los baños, en la ducha detrás de las cortinas, desaparecíamos  en el gran cajón de madera cuadrado con la ropa soleada, recién bajada de los cordeles. Nos metíamos en él y la ropa nos cubría, siendo un buen escondite, otro refugio especial era el inmenso ropero de cedro antiguo del cuarto de mamá. Tenía dos puertas, en una había un gran espejo a cuerpo entero y la otra  daba acceso a los cajones, sobre ellos se colgaba la ropa, los sacones, ternos, camisas y prendas de vestir de papá y mamá. Detrás del ropero que estaba en una esquina de la habitación, se formaba un ángulo justo lo necesario para que sirviera de escondite.
Un  viernes 17 de octubre a las 4 y 44 de la tarde, cuando disfrutábamos de uno de los recreos más prolongados  que jamás volví a tener en mis once años de vida escolar, ocurrió algo inusual.
Patricio y yo nos escondimos en el ropero de mamá. Él en su interior sobre los cajones cubierto por los sacos y vestidos que colgaban. Yo detrás en ese espacio entre las paredes y el ropero. Gabriel "la contaba". Mamá y Miss Alejandrina tomando café.
Nosotros en  un silencio sepulcral tratando de calmar el  latido agitado de nuestros corazones por el temor a ser descubiertos, a la vez que planeábamos mentalmente por cual atajo correr hasta la barrera para gritar un fuerte ¡ampay me salvo!. Estábamos en esas “preocupaciones”, cuando empezamos  a sentir que alguien movía el ropero, nos increpamos el uno al otro, en voz baja para no ser descubiertos, de pronto la vibración alcanzó al piso, las paredes, las ventanas y toda la casa. Un sonoro y prolongado grito de  ¡TERREEEMOOOTOOOO!  nos hizo salir corriendo de nuestro escondite. Gabriel nos había descubierto, cuando intentaba decir "ampay Patricio", sintió el movimiento y se convirtió en la voz de alerta. Desde distintos puntos de la casa abandonamos todos  nuestros escondites a la vez que mamá y Miss Alejandrina nos daban el encuentro en el medio del patio, Bronco bajó cual rayo y ladraba sin cesar, la inmensa casa  cuyas columnas revestidas de quincha y adobe eran de caña se movía como una castañuela, nos era difícil pisar firme. Los cinco niños nos prendimos de mamá, inmovilizándola.  Mi madre,  una  mujer delgada, de finísimas piernas, de aspecto frágil pero muy serena, pidió apoyo a Miss Alejandrina para abandonar la casa con nosotros, al instante en que ésta caía de rodillas implorando al cielo que amaine su furia. A partir de ese instante lo que recuerdo es que entré en un estado de terror,  tanto por el terremoto como por la transformación de mi maestra  quien hasta ese momento siempre había mantenido una actitud formal y correcta.
Miss Alejandrina calló de golpe sobre sus dos rodillas y con una voz que parecía poseída por un ser espectral, de otro mundo, gruesa, áspera y potente  gritaba ¡DIOS MIOOO APLACA TU IRAAAA!, ¡OOOH SEÑOR PERDONA NUESTROS PECADOS, NO NOS CASTIGUEEEES! y otras frases incoherentes y rezos paporreteros  mientras la casa seguía temblando, los adornos y cuadros cayendo al piso, los vidrios de las ventanas reventando y mi madre tratando de andar con cinco niños aterrorizados llorando, prendidos del vestido. Bronco aullaba dando vueltas sobre su eje, desesperado. Fueron 45 segundos lo que duró el terremoto uno de los más violentos y destructivos que ha sacudido Lima, de 7,2 grados en la escala de Richter. Para completar el cuadro de espanto, el movimiento brutal de la tierra iba acompañado de un ensordecedor ruido, como si miles y miles de gigantes piedras rodaran por la ciudad arrasando con todo.  Como pudo y sacando fuerzas de no sé donde, mi mamá dejó a Miss Alejandrina con sus rezos y bajó las 21 gradas con sus 5 hijos. Cargó a la más pequeña, cogió a dos de mis hermanos con la misma mano,  a Patricio y a mí nos instruyó para no soltarnos de su vestido. Bronco iba adelante. Cuando  estábamos alcanzando el último escalón, un bólido pasó al lado nuestro gritando y llorando, llegando a la calle antes que mi mamá y sus hijos, era Miss Alejandrina que convencida que sus ruegos no serían escuchados salió corriendo cuando una gran porción del techo cayó al lado de ella.
Muchas viviendas se desplomaron, la nuestra quedó con algunas grietas, vidrios rotos, pero de pie. Miss Alejandrina no volvió en una semana, la vergüenza por el papelón era más fuerte que su sentido de responsabilidad. Finalmente mi padre ila convenció que retomara las clases y así lo hizo.
Un lunes volvió con la misma seriedad de siempre, prohibiéndonos tocar el tema del terremoto, se reanudó la formación de la entrada, el himno nacional, los rezos, la campanita y hasta los castigos, lo que nunca  más volvió fueron las tardes de cafecito interminables  y por supuesto los recreos... jamás volvieron a ser tan espectaculares.

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