La Boda, 2da parte

No había un centímetro de la gran residencia de más de 400 metros cuadrados en que no se hubiera impregnado el nauseabundo olor emanado del chancho podrido, macerado y rostizado, nunca nadie jamás ha vuelto a sentir una pestilencia de tal magnitud.

No era posible liberarla del olor en apenas los 45 minutos que demoraría la ceremonia religiosa. Un vecino fue el voluntario sacrificado de quedarse en la casa y abrir todas las ventanas y puertas disponibles, iba de habitación en habitación con ventiladores y abanicos para expulsar el perfume dejado por la podredumbre.

En la Iglesia, la ceremonia no volvió a ser igual. Juan afuera debatía internamente entre lavar el reloj o deshacerse de él. Finalmente convencido de que sería imposible recuperarlo del todo, porque ya empezaba a fallar el mecanismo lo arrojó varios metros afuera. Cuando se sintió por fin liberado de la presencia oculta del chancho, ya los novios e invitados habían pasado al salón para los saludos de rigor.

León forzaba una sonrisa “tener que soportar toda esta costumbre burguesa y ridícula de los saluditos y agradecimientos a una sarta de desconocidos”, pensaba y lo peor es “que debo sonreír a todos como si estuviera complacido”. 

Aguantaba la parafernalia de los saludos, las poses para las fotos, la sonrisa a las tías que solo veía en matrimonios y velorios de la familia, con la seguridad de que su padre cumpliría su promesa de que no los haría pasar por el ridículo nacional de bailar el Danubio Azul, bastante había cedido él, a cambio de que no sean sometidos a esa bufonada heredada de costumbres europeas, muy ajenas a las costumbres de la masa trabajadora proletaria, que él pretendía pertenecer.

- ¡La foto con la familia!- decía el fotógrafo
- ¡Llama a todos tus hermanos!- Indicaba doña Mafi
Estaban todos cuando Juan retornaba a la Iglesia
- ¡Juan, Juan ven para la foto! – decían sus hermanas, con cierto grado de cargo de conciencia por haberlo abandonado en los peores momentos.

León y su novia, ahora esposa intentaron llegar a la casa luego de la ceremonia religiosa, pero su padre los obligó a dar “el paseo de los novios por la ciudad”, dando tiempo a los invitados que lleguen a la residencia. 

En contra de su voluntad, los recién casados fueron a dar su vuelta olímpica, mientras en la casa, con todas las puertas y ventanas abiertas, Don Vicente y sus hijas buscaban desesperados alguna versión del Danubio Azul, que León no hubiera escondido con anticipación.

Los invitados ya ubicados en sus asientos hacían grandes esfuerzos por disimular el mal olor que invadía la casa, todos estaban seguros que alguno de ellos había pisado caca de perro enfermo o moribundo, antes de llegar.

El único que realmente era feliz ese 24 de junio, no era ni el novio, ni la novia, ni los padres de los novios, no, el más feliz era Kikito el sobrinito que ese mismo día cumplía 4 años.
- ¡Pasu, cuánta gente viene a mi santo! Decía emocionado, aquel pequeño que por coincidencias o paradojas de la vida, lo llamábamos cariñosamente  “Chancho”, por lo rollizo que había sido de bebé.

Antes de lo esperado, volvieron los novios, hicieron la vuelta más corta de lo que usualmente manda el protocolo para estos casos. Ingresaban por la rampa de entrada de la residencia, sobre la laguna artificial de peces, tomados del brazo, sonriendo, seguros de que tal vez una música de fondo les permitiría integrarse a los invitados y bailar y tomar con sus amigos, sin problemas. 

Pero no, se llevaron una primera gran sorpresa cuando sus hermanas, les cerraron la puerta prácticamente en la cara, impidiéndoles el ingreso, desesperadas porque aún no se había ubicado la pista del Danubio Azul, habían dado con el long play pero faltaba colocar la aguja sobre el vals de Johan Strauss, tan tradicional para estas ocasiones…

León que tenía un carácter irascible, de perder los papeles cuando algo salía de su control, empujaba la puerta para ingresar y al otro lado 3 de sus hermanas contenían, mientras las otras tres con el papá ponían el disco a tono.

Por fin abrieron la puerta y los novios ingresaron, León tratando de disimular su molestia cuando de pronto, las primeras notas del Danubio Azul le anunciaron que no pudo evitar lo que tanto advirtió que no le hicieran. Fue incapaz de darse la media vuelta y mandar a todo el mundo a rodar, como había advertido que haría si lo obligaban al bailecito ese.

De pronto ni él mismo supo cómo ni en qué momento se decidió y ya estaba en medio del salón rodeado de cientos de caras y sonrisas de viejas complacidas y de jovencitas románticas, todas aplaudiéndolos y luego acompañándolos con las palmas al ritmo del vals y ellos al medio bailando, o mejor dicho, tratando de bailar.

Pero eso no fue lo peor para él. Lo peor fue someter a todos sus amigos progresistas y a ellos mismos a bailar con cada uno de la docena de hermanos, cuñados, tíos, primos y por supuesto los padrinos y los infaltables abuelitos. TOOOOODOS, bailaron con los novios…

Aurelio había llegado solo minutos antes de que ingresen los novios a la casa, se perdieron la ceremonia porque no hubo vuelo que los trajera a tiempo de Satipo a Iquitos y de Iquitos a Lima. 

Don Vicente y doña Mafi, habían advertido, amenazado, rogado e implorado a sus hijos no decirle nada a Aurelio sobre el estado del chancho.
- Nosotros encontraremos la manera y el momento más adecuado para decírselo, las palabras propicias para no herirlo- dijeron doña Mafi y don Vicente.

Tan solo puso Aurelio un pie en la casa e iba empezar a saludar a sus hermanos, cuando fue bombardeado con una serie de burlas, risas, carcajadas, frases incoherentes, palabras atropelladas, hasta que poco a poco fue cayendo en cuenta que el motivo de la diversión era el chancho y que éste ¡SE HABIA PODRIDO¡ ¡NOOOOOO!

Con los años y rendido ante la situación, a Don Vicente no le quedó más remedio que unirse al grupo de burlones y convertir esta historia en la más jocosa de la familia, la que cada año y dependiendo de quien la cuente se le agrega una nueva situación no contemplada en la historia original. 

Esta es tan solo una de esas tantas versiones del chancho de pedigrí, al que el destino le deparó un mejor final, no tan digno, pero mejor: perennizar su memoria para la posteridad como el único responsable de la quiebra de una próspera panadería italiana que nunca llegó a deleitar a los comensales de una boda en que los novios no lo quisieron ni lo pidieron y en la anécdota preferida de recuerdos familiares como el mejor acontecimiento matrimonial hasta la fecha.

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